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Los núcleos urbanos con zonas verdes poseen, sin lugar a dudas, un atractivo innegable. Sin embargo, esa cualidad ventajosa no tiene por qué ir en detrimento del medioambiente. Y es precisamente en este punto donde la incorporación de césped artificial parece surgir como la solución estética, funcional y respetuosa con el entorno más adecuada. Pero es que además ofrece otras grandes ventajas.

Se podría decir que las premisas fundamentales de esta alternativa ecológica es mínimo gasto en mantenimiento y máximo rendimiento práctico y visual. Es decir, exige unos cuidados extremadamente leves ya que no necesita riego (excepto puntualmente) ni corte pero logra resistir perfectamente cualquier clima y uso además de aportar color y naturalidad. A todo ello se suma una versatilidad que le permite adaptarse a cualquier tipo de terreno, forma o superficie.

Es por esto que las zonas urbanas, especialmente aquellas de reducido tamaño, pueden verse muy beneficiadas de la instalación de césped artificial. Por un lado, con un mantenimiento cero, se eliminan los riesgos que supone al personal trabajar en medianas transitadas. Y por otro, se reduce drásticamente el consumo de agua y desperdicio del excedente que suele terminar escapando por el alcantarillado. Se estima, incluso, que el ahorro en este sentido puede llegar hasta 200 litros de agua al año por metro cuadrado. Y, por supuesto, al ser ignífugo se erradica el riesgo de incendio.

Una lista de argumentos que incluye la eficiencia energética y el bajo impacto medioambiental ya que prescinde del empleo de productos químicos nocivos como fertilizantes o pesticidas. En definitiva, durabilidad (3 veces mayor respecto a otras opciones según los estudios), bajo coste, resistencia, buen aspecto, seguridad y sostenibilidad, hacen del césped artificial un producto ganador para dotar de atractivo a nuestras ciudades sin exponer la salud del planeta.

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